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El Camino de Santiago.

por Ofernan @ 2008-06-11 - 18.40:31

"Puedo escribir los versos más tristes esta tarde..."
mas si estos son los últimos párrafos que escribo,
que no os quede un amargo poso en el semblante:
ahí os queda una narración (o así) desconcertante.

Octavio.

Yo pienso que tampoco era para tanto, ni para haberse puesto de aquella manera. Ya sabemos todos que tiene un mal vino y que demasiadas veces se le calienta la boca y dice la primera barbaridad que se le ocurre. Pero, como le dijo mi madre: ¡En buen sitio se lo puso Dios y, de no haber querido, le hubiese bastado con apretar las piernas!

Y parece ser, por lo que contó el otro en la taberna, que no sólo no las apretó, sino que las abrió y muy generosamente.
Sí, de acuerdo que era el Camino de Santiago y que, en El Burgo Ranero, partido judicial de Sahagún de Campos, provincia de León, esas cosas todavía no estaban bien vistas. Lo que ocurre es que ya no estamos en la Edad Media y el Camino de Santiago ya no es lo que era.
Y lo que más cabrea es que todo aquello lo había dicho, no porque su hija quedara preñada, que eso, dadas las circunstancias, entraba dentro de lo normal y que, en estos tiempos, esas cosas carecen de importancia y siempre tiene arreglo, ya sea de una manera ya sea de otra.

A cualquiera se le alcanza que las circunstancias fueron determinantes y no daban para elegir demasiado. Las cosas, no vale darle más vueltas, son como son y no dieron para más:

Eran jóvenes, la noche era tranquila y templada y el croar de las ranas, probablemente en celo, les llamó la atención y les atrajo hasta la orilla de la laguna. El cielo estaba hinchado de estrellas y ya se sabe lo romántico y excitante que resulta eso. Apenas si el viento movía los trigales (no pongo lo del “mar de espigas” porque está muy visto), ni movía las juncias que crecían viciosas en el borde de la laguna, bien alimentadas del fango. Entre los trigales y las juncias se formaba un escondite recóndito y muy apto para la intimidad. La hierba seca soltaba un olor lujurioso. Sólo los mosquitos incordiaban como desesperados y, ¡mira por cuanto!, uno le fue a picar a ella en pleno muslo. La verdad es que el territorio que escogió el mosquito, que debía ser un tanto rijoso, era muy apetecible. Él, jura por Dios que sólo trató de frotarle para atenuarle el picor, pero parece ser que el picor era más profundo. Y se empieza como se empieza y nunca se sabe por dónde se va a acabar. Se le fue la mano y aquello acabó como el rosario de la aurora. El picor, en lugar de atenuarse, se incrementó hasta límites insospechados, insospechables e irresistibles. En cierto modo todo fue imprevisible y, claro, ni preparativos, ni preservativos ni leches. ¡Estaban los dos como para acordarse de menudencias!

Bueno, pues en el momento más álgido, aquellos peregrinos desvelados, en lugar de rezar el rosario, que era lo que tenían que haber hecho dado lo meapilas que demostraron ser a posteriori, no se les ocurrió otra cosa que acercarse a la laguna. Y a los imbéciles de ellos, les faltó tiempo para ir corriendo a casa del párroco, D. Eugendo, y no para confesarse de los malos pensamientos, sino para comportarse como unos acusicas de mierda que es lo que eran.
Don Eugendo, montó en cólera, no se sabe bien si por la gravedad del pecado o por verse interrumpido en la urgente labor que se traía entre manos, con la impagable colaboración del ama.
Fuera por una cosa o por otra, el caso es que, al día siguiente, domingo, lanzó una filípica de las de no te menees, desde el púlpito, citando nombres y apellidos, para oprobio y bochorno, tanto de los artífices del pecado como para sus familiares, próximos o lejanos.

Para colmo de desdichas, la hospitalera del albergue de peregrinos, fue propalando por todo el pueblo que, aquella madrugada, en las literas de los tres peregrinos acusicas, quedaron manchas delatoras que demostraban que, las tres cándidas almas de Dios, se habían dejado llevar por impúdicas tentaciones; habían sido víctimas de réprobos instintos y habían caído en el nefando pecado de derramar la semilla en las sábanas del albergue.
En realidad, lo que más molestaba a la hospitalera era que la gente fuese tan desastrosa y tan descuidada como para ir dejando las cosas tiradas de cualquier manera y en cualquier sito; cosas a las que ella les hubiese sacado mejor utilidad y mayor provecho.

Así que luego, por la tarde, en la cantina, se armó la que se armó. El padre de ella, se puso como una fiera y casi la emprende a navajazos. Y ya digo yo, que no era porque pudiese quedar preñada, que eso ya se sabe que entra dentro de lo normal. Más que nada era por el escándalo del qué dirán. Porque mirándolo fríamente, al fin y al cabo, todo lo que ocurrió no fue más que el cúmulo de una serie de imponderables encadenados. Veamos:

1º) Tres peregrinos, con insomnio, no rezaron el rosario del modo y manera que hubiese sido justo y necesario.
2º) Croaron las ranas a destiempo.
3º) Un mosquito se sintió Drácula y se precipitó sobre un muslo terso y brillante.
4ª) Cuando el picor aprieta, ni el Camino de Santiago se respeta.
5º) El cura, y eso todo el mundo lo sabía, era un metomentodo y un tanto envidioso.
6º) La hospitalera era una cotilla, un tanto salida y totalmente envidiosa.

Y, lo más definitivo, porque en El Burgo Ranero, partido judicial de Sahagún de Campos, provincia de León, esas cosas aún se habían visto pocas veces. (Hacer, se hacían, pero no se veían).


 
 

Sonidos de nieve.

por Ofernan @ 2008-06-05 - 21.43:53

Anónimo viajante que escucharas
sonidos leves de invierno en esta tarde:
no te pares.
Es el rumor de la nieve cuando cae
sobre este enclave cruzado de caminos:
dos chopos, cuatro pinos y unas flores
rebeldes ante frío y el invierno.
Dentro del alma se consumen
las últimas palabras, las imágenes
brillantes como brasas,
retóricas metáforas que ardieron
y sólo dejaron un silente polvo gris
de tedio y calma.
Así, el espíritu se llena
de nebulosa pátina, de esperanzas desteñidas,
que ahora sólo esperan
el término final de este viaje espiral
-¡espirales de humo en las pisadas!-
donde se encuentran y se funden:
las flores del invierno,
los chopos deshojados,
los pinos temblorosos
y las ánimas que vagan
incómodas, en busca de destino.

Hay un rumor de nieve en cada pausa.

Sobresalto.

por Ofernan @ 2008-06-02 - 19.13:05

Se oyó un suspiro en medio de la tarde

y todos volvieron la cabeza.

No era más que el aire

que movía las hojas de los árboles.

Después, pudo ser el silencio,

pero no: fue el ruido.

"Ruido, ruido, ruido,

¡demasiado ruido!

"Nel silenzio riposa la poesía"

dice Silvia Favaretto.

Está tan tensa el alma de los hombres

que el mínimo roce la estremece.

En esta tensa vigilia permanente

¡ruido y ruido!

un leve susurro es suficiente

para darle un susto al viento,

pasmarle y detenerle.

Hay que estar atento a los silencios.

Hay que intercalar silencio entre los ruidos,

porque sólo en el silencio puede oírse

el sonido de la hierba cuando crece.

El oficIo más viejo del mundo.

por Ofernan @ 2008-05-29 - 18.29:07

(A mi amigo, el novelista Amado Gómez Ugarte, con todo el cariño y con toda la mala leche del mundo).

En contra de lo que de una manera rijosa, impúdica y un tanto sibilina, nos estaban haciendo creer, no es el de prostituta el empleo más antiguo del género humano. Poco a poco, ellos, que se lo tenían tan callado, lo van reconociendo, y se va aclarando que el oficio más antiguo del mundo es el de mentiroso; o sea, el de novelista.
Primero fue el novelista de Llodio, Amado Gómez Ugarte, quien en su artículo “Mentirosos”, me dio una pista. Luego, Julio Llamazares, en una conferencia en Bilbao, me lo confirmó.
Por mucho que ellos digan que lo que tratan de hacer es llegar a la verdad a través de la mentira, es mentira. Los novelistas nacen mentirosos compulsivos. Cuando son niños, se les perdonan las mentiras y hasta se les ríen las gracias y se les ensalza: ¡mira que ocurrente y que imaginación tiene este niño!
Pero van creciendo y, cuando se dan cuenta que lo de mentir, así, descaradamente, no cuela y está feo, en vez de decir mentiras, las escriben, las llaman novelas y, encima, les pagan por ello.
Si el principio de todas las cosas está en La Biblia, basta recurrir a ella para darse cuenta de que es así.
Y no cuadra que Eva, que es la mujer más antigua del mundo, fuera prostituta. Por razones obvias: Primero por una escasez absoluta de clientes. Adán, que era la única posibilidad, era un tontorrón que se dejaba engañar a cambio de una mísera manzana.
Caín, en cambio, es el primer mentiroso compulsivo, el primer novelista. Y empezó muy bien. La primera frase, para disimular y no desir la verdad sobre la muerte de Abel, fue gloriosa y de las que hacen época: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. ¡Qué comienzo para una novela! Con decir que hasta John Steinbeck se la plagió para escribir “Al Este del Edén”…
Además, empezó por la novela negra. ¿Hay novela más negra que la de matar a un hermano, además con la quijada de un burro? Con el delito ecológico añadido, probablemente, de matar previamente al burro para extraerle la quijada. Un burro que, se sospecha, ya en aquella época era un animal en vías de extinción. Por si fuera poco, como la acción se desarrolla en tiempos de Maricastaña, podemos considerarla a la vez una novela histórica. ¡Anda, que no tenía vista comercial, el tío!
Caín era un novelista. Abel, en cambio, que era un poco memo, reúne todas las condiciones como para pensar que, de ser algo, era poeta, ya que ni decía mentiras ni cobraba.
Incluso, estoy empezando a pensar si la Biblia no la escribiría Caín. Está tan llena de episodios sangrientos, espeluznantes, que es como para pensar cualquier cosa. Lo de sacarle una costilla a Adán, así, en frío y sin anestesia ¡tiene tela! Y, encima, para hacer a Eva: ¡Con la cantidad de barro que le debió sobrar al dejar vacío del cerebro de Adán!

Anda rodando por la red una versión, que unas veces dicen que es apócrifa y otras veces dicen que es mía, que trata de imaginar como fueron, de verdad, las cosas:

La Biblia contada a los ateos.

Todas las vías romanas tenían fama de gozar de un buen estado de conservación. Todas excepto el camino de Damasco que debía estar demasiado lleno de baches. Tal vez, esa fue la causa por la que San Pablo se cayó del caballo.
Como las historias son siempre confusas y poco creíbles, hay dudas y contradicciones acerca de si aquello le produjo una conmoción cerebral, o simplemente una alucinación. Pero es el caso que a los pocos días escribió esta epístola a los efesios, contando lo que según él, pasó en el Paraíso:

“Adán se aburría tanto en el Paraíso que pensó: No es bueno que el hombre esté solo”.
Y creo a Dios.
La verdad es que no le sirvió de mucho, porque pronto se dio cuenta de que continuaba idénticamente solo.
Dios, entretenido en sus cosas y absorto en la contemplación de sí mismo, tampoco le hacía demasiado caso.
Entonces Adán, que se vio tan dejado de la mano de Dios, cayó en melancolía y en una profunda depresión de la que, a falta de Prozac, dio en la manía de robar fruta en Paraísos ajenos, por ver si esto le aliviaba.
Y así empezó lo de la manzana:

Aquella manzana tenía un aspecto inocente. Era redonda y compacta, como destinada a una ofrenda. Era de un color rojo que recordaba al corazón. En la tersa superficie presentaba un orificio minúsculo, a través del cual, reptando como un gusano, apareció un ser ambivalente y contradictorio; adorable a veces y desconcertante casi siempre. Tan pronto mostraba una apariencia de ser arcangélico y virginal, como, sin aviso previo, se convertía en una serpiente enroscada y sibilinamente viperina. Me parece innecesario explicar que aquel ser angélico-diabólico, adorablemente maléfico, era Eva.
Las cosas no volvieron nunca a ser lo mismo
Desde entonces, el Universo se convirtió en un caos, pero ¡qué duda cabe! todo fue mucho más entretenido”.

No se sabe muy bien si, en lo de la caída del caballo, tuvo que ver algo que ver Caín o es que, Saulo de Tarso, era también un mentiroso compulsivo, un novelista.

TXIKILIKUATRES.

por Ofernan @ 2008-05-27 - 17.11:20

Desde que el Pásalo dejó de ser un entretenimiento infantil y de adolescentes, que no sabían muy bien qué hacer con ese invento del SMS, y se convirtió en un agente de difusión política y propagandística de primer orden, los ciudadanos de a pie, a los que el hecho de pensar por nosotros mismos nos levanta dolor de cabeza, renunciamos a reflexionar por nuestra cuenta y decidimos seguir la corriente del primer gilipollas que nos mande una consigna acompañada del infamante imperativo de: “Pásalo”.
Desde ese “glorioso” momento en que los antiglobalizadores decidieron globalizar el pusilánime pensamiento de los cómodos, están empezando a ocurrir cosas raras.
Lo del Chiquilicuatre sería un anécdota sino fuera la punta de un Iceberg que sobresale de un mar más profundo y más proceloso.
El pásalo, desencadena un fenómeno democrático que hace que, una ocurrencia del primer Buenafuente (buena fuente de ingresos) que pase por aquí, se convierta en un fenómeno de masas que se vota de una manera asamblearia y a mano alzada, aunque el invento en cuestión se salte a la torera las normas del reglamento del concurso al que se presenta. No importa, una vez elegido y “legalizado” por un montón de pásalos, se le aliña, se le cambia lo que interese y se amaña de acuerdo a los intereses de los beneficiados por el engendro.
Se le ceden parte de los beneficios a un ente público, al que mantenemos todos con nuestros impuestos y aquí paz y después gloria.
Aunque se haya reformado (para peor) el original, ya no hace falta volver a votar. Aquí vale todo si hay dinero por medio.
Al fin y al cabo, el festival al que iba destinado está lo suficientemente desacreditado y politizado como para tomárselo en serio. Así que, en vez de pasar de él, que sería lo lógico, nosotros, que somos más listos, vamos a ridiculizarlo. Claro que siempre corremos el peligro que el festival, que carece del sentido de humor, ni se ría y piense que los ridículos somos nosotros.
La disculpa de hacer comicidad para protestar, no cuela. Los millones de Euros ya estaban en caja antes de presentarse al concurso. ¡Como para pensar que la idea era inocente y angelical!
Ya puestos a ello, y en vista de que los árbitros de fútbol nos tienen tal manía que nunca nos dejan pasar de los cuartos de final, da lo mismo en el campeonato que sea, creo que debemos protestar de una manera que haga época: Propongo que Luis Aragonés, en la próxima competición, cubra el puesto de delantero centro con el Gran Wayoming. Eso sí, previo pago de un pastón. Todo sea a la mayor gloria de la Sexta, TVE y del grupo Terrat.
De otros PÁSALOS más solemnes, más trascendente y más determinantes, habidos en este país, prefiero no hablar.

Escritor profesional.

por Ofernan @ 2008-05-23 - 17.38:22

Soy una calamidad para las citas, pero estoy casi seguro que alguien dijo: “Si un día me juzgan, que no lo haga un juez profesional”. Y si no lo dijo, debería haberlo dicho. Tal vez convendría añadir, por ejemplo, que la guerra es una cosa demasiado seria como para dejarla en manos de los militares. No se deba dejar la política para que la manejen los políticos profesionales. Y que, incluso, la salud es una cosa muy sagrada como para confiársela a los médicos profesionales. Yo, preferiría un juez o un médico o un político “aficionado”. (Militares no quiero, ni profesionales ni aficionados).
Convendría aclarar: Prefiero aficionados, por que ello denota afición, ganas, entusiasmo, comenzar cada día como si fuese el primer día. Ilusión, frescura.
No quiero generalizar, pero del que se proclama PROFESIONAL, yo siempre albergo la duda de que hace las cosas de una manera más rutinaria, más mecánica, como si ya estuviese de vuelta de todas las cosas y no necesitar echar más carne en el asador. (Ya sé que no es del todo así, pero permitidme la hipérbole literaria). Monotonía, rutina.
También convendría aclarar que, cuando hablo de “aficionados”, no hablo de “espontáneos”, que saltan al ruedo sin ninguna preparación y sólo por llamar la atención o por engordar el ego.
(¡A ver si llego de una puta vez a donde quería llegar!).
Yo no soy escritor, y me dan miedo los que se proclaman escritores, dándole a la palabra cierto tufillo de profesionalidad.
No me cabe duda de que existen profesionales de la literatura como la copa de un pino, que conservan la “afición”, son libres, independientes y escriben cuándo, cómo y sobre lo que les da la gana. Sin someterse a temas impuestos, por muy comerciales que sean, o por circunstancias del momento. No escriben al dictado de lo que les marcan las editoriales que, según estudios de mercado, deciden el tema a tratar en cada momento político o social, o lo que demanda un público masificado. Vamos, que escriben por encargo.
No me gustan los concursos literarios porque todos tiene unas bases, más o menos caprichosas, de obligado cumplimiento: número de páginas o palabras, tema obligatorio, edad, género masculino o femenino, tipo de folio o letra, distancia entre renglones….
Ya sé que así no voy a llegar a ninguna parte, pero no me importa. Soy un AFICIONADO, pero nadie me va a manipular y voy a seguir escribiendo sobre lo que me de la gana.
El que quiera, puede pensar que no tengo en cuenta a los posibles lectores, pero no. Los tengo tan en cuenta como para pensar que son tan suficientemente libres, que pueden pasar olímpicamente de mí, si así lo prefieren. Lo que no voy a hacer es ir a la búsqueda y captura de ellos por medio de triquiñuelas.
Alguien puede pensar que todo esto no es más que una máscara para encubrir el fracaso y la mediocridad. Es posible, pero sólo fracasa el que no consigue unos objetivos marcados. Mis objetivos son mi libertad y mi propia independencia y, esos, de momento, están conseguidos.

LA LITERATURA ES UNA COSA DEMASIADO SERIA COMO PARA DEJARLA EN MANOS DE ESCRITORES PROFESIONALES.

Pergentino y la maestra.

por Ofernan @ 2008-05-19 - 13.11:15

Pergentino, que apenas pensaba y tenía un defecto en la frente que le hacía mirar de reojo, tuvo suerte al bajarse del árbol en el propio momento en que el árbol se estaba rompiendo.
Fue por culpa de un rayo, seguido de un trueno, que dejó la atmósfera impregnada de la grata dulzura del olor a ozono.
Pergentino trepaba a los árboles altos y robaba los huevos que la urraca ponía en los nidos, hechos con barro y con paja, en los chopos del el soto de la orilla del río, en las ramas más altas.
Con los dientes, el chaval sujetaba un pañuelo anudado por las cuatro esquinas y, uno a uno, cogía los huevos y los iba dejando en el fondo del hato.
Eran tiempos de hambre y hasta él, que pensaba muy poco, también lo sabía y notaba un continuo dolor en la tripa. Con el fardo relleno hasta el fondo marchaba corriendo a la escuela, porque la maestra le estaba esperando.
Estaba lloviendo de punta y había granizo que caía tan fuerte que podía romperle el tesoro.
Le dejó a la maestra los huevos encima de un viejo pupitre, junto al encerado, y la miró quieto.
Pergentino, cogiendo una tiza, con indóciles trazos, retrató de muy mala manera, en el encerado, un cortejo fúnebre muy deshilachado.
La maestra, le puso la mano en el pelo y le acariciaba con todo el cariño que podía caberle entre los diez dedos y entre las dos manos, y con la sonrisa asomada a los labios; la única sonrisa posible del que está llorando.
Le miraba a los ojos por dentro para ver si podía encontrarle en fondo del ojo algún pensamiento. Pero Pergentino la miraba bizco y reía poniendo un talante muy serio.
Pergentino tenía a su madre escondida en el sitio donde aún le quedaba un rincón para un lúcido sueño.
Porque Quica, la madre, había sido torpe y pequeña y por eso murió despacito, cuando sólo tenía aquel hijo, que era hijo de nadie y de todos.
Fueron años de guerra y los moros pasaron por ella. (Y también ¡qué carajo! los que no eran moros, que hay cristianos con piel de cordero y bragueta fácil que esconden una doble moral de cintura hacia abajo).
Pero un día, discreta y sin ruido, murió despacito. Murió sin causarle molestias a nadie; sin velas, ni incienso, ni kyrieleisones y sin tan siquiera un mal miserere, porque nadie en el pueblo aguantaba mirarle a los ojos sin volver la cara, y nadie acudió a aquel entierro tan deshilachado.
Tan sólo formaban la fila del cortejo fúnebre: el cura, el chaval y la vieja maestra a quien Pergentino llevaba los huevos.

N. del A. Era inevitable que apareciera este cuento. Recurro a él siempre que sufro de sequía creadora y este es uno de esos momentos.
Fue de los primeros que escribí, e incluso me hizo concebir esperanzas de que, un día, llegaría a aparender a escribir en prosa. Pero se está haciendo demasiado tarde.

La paciencia del dinosaurio.

por Ofernan @ 2008-05-13 - 13.36:19

La eternidad no es una obsesión; la eternidad existe. Aunque parezca un concepto tan abstracto, tratad de encerrarlo el algún hecho concreto y lo comprenderéis. Por ejemplo:
Suena el teléfono. Es la suegra que quiere hablar un "momento" con su hija; tu mujer.

Era ya el momento de salir, pero, a última hora, ella no encontraba la funda de las gafas. No quería ir sin ellas. No sabe muy bien para qué, ya que, en la calle nunca se las pone. Dice que la hacen más vieja. No entra en sus entendederas que ya es vieja, con gafas o sin gafas.
Él, encontró pronto el paquete de tabaco, pero le costó adivinar dónde había dejado olvidado el encendedor. Sin eso si que no podía salir a la calle.
Tuvo que volver al baño y allí encontró el encendedor y la dentadura postiza.
Volvió a la cocina a terminar el bollo y el café con leche que le restaban del desayuno.
Para colmo, su próstata le jugó una mala pasada y le envió de nuevo y de urgencia al baño por enésima vez en esa mañana. Al ir a cerrase la bragueta, la cremallera se quedó atascada porque pilló al faldón de la camisa. ¡No había manera!; ni para arriba ni para abajo. Fue necesaria la intervención de la sirvienta, que, solícita, actuó enérgicamente. No pudo solucionarlo con las manos y no dudó en bajar hasta allí los dientes. Ello dio lugar a una situación entre cómica y embarazosa. (Por suerte, la mujer seguía entretenida en la búsqueda de la funda de las gafas y no se percató)

Cuando por fin salieron y llegaron al último descansillo del portal, vieron el buzón rebosante de contenido. Hubo que volver a buscar la llave y, total, para nada. Todo eran prospectos con ofertas del Carrefur de la esquina: Media docena de huevos de regalo si comprabas dos botellas da aceite de oliva virgen extra (de coeficiente 0,4), +5 puntos.
Por fin, consiguieron salir a la calle, pero no acabaron aquí las penalidades.

El coche estaba bien aparcado, pero alguien había estacionado al lado, en doble fila, para tomarse un cafelito en el bar de enfrente. Él hizo sonar con impaciencia el claxon, pero el interfecto del bar no aparecía. El que sí apareció fue el agente de la policía municipal que, en vez de multar al infractor, le multó a él por escándalo público y contaminación acústica.

Cuando ya parecía que todo iba a terminar bien, ocurrió lo previsible: Al llegar al punto convenido previamente para la cita, resultó que el dinosaurio ya no estaba allí. Y es que, por mucho que le pese a Augusto Monterroso, hasta los dinosaurios llegan a un punto en que se les agota la paciencia.

Poetas amigos: Silvia Favaretto

por Ofernan @ 2008-05-08 - 13.17:40

Poetas amigos: Silvia Favaretto. Recitales Venecia 2007

splendore

Mero como animal de compañía.

por Ofernan @ 2008-05-05 - 22.57:27

No recuerdo cuál podía ser mi estado de blandura de ánimo, o qué estratagemas usaron mi mujer y mis hijos para convencerme de que les llevara aquel sábado a la playa. La vedad es que el día, con un cielo azul y un sol brillante, era propicio. Pero ellos y yo sabemos que, si alguien me quiere mortificar con algo, lo de ir a la playa es el mejor modo y el más adecuado tormento. No soporto las multitudes; no aguanto las indecisiones de las olas, que nunca se sabe si van o vienen; no soporto las comidas familiares de camping sobre la arena, ya que, lleves lo que lleves, acabas comiendo siempre escalope rebozado de arena. Me huelen mal las cremas protectoras y no entiendo por qué hay que ponérselas, después de que se han inventado las sombrillas y que, como todo mundo sabe, lo mejor del sol es la sombra. No comprendo esa actitud de San Lorenzo el Tostado: media hora cara la sol (y sin camisa, ni nueva ni vieja) y media hora con el culo al sol, acumulado papeletas para la rifa de un cáncer de piel.
Pese a todo, aquel día, o yo estaba tonto o la presión debió ser muy intensa, puesto que accedí.
Cuando llegamos y una vez establecida nuestra base de operaciones, después de los consabidos codazos y zancadillas para hacernos con una parcela adecuada para la numerosa prole, ellos se fueron a su aire y yo me quedé leyendo tranquilamente, a la sombra, por supuesto.
Fue entonces cuando se me acercó aquel hombre a
saludarme. Yo sabía que aquella cara me resultaba conocida pero no sabía de qué. Hube de pensar un rato y esperar a que me hablara para ubicarlo definitivamente.
Era Sabino, un viejo arrantzale de Ondarroa a quien sí que conocía pero por razones profesionales.
-Hombre, Don José, ¿Vd por aquí?-
-Ya ves, Sabino, aquí, un poco aburrido y aguantando, pero todo sea por la paz familiar-
La conversación continuó con lo tópicos de rigor y las adecuadas alusiones al buen tiempo que hacía y lo abundante que había venido la costera de la anchoa el año pasado; no como la de este año, que no había entrado nada.
Acabé de rehacer su historia cuando me dijo:
-Yo, Don José le estoy muy agradecido de cómo se portó Vd. cuando lo del ataque de “la pendiz” a mi hijo. Si no llega a ser por Vd, seguro que no lo cuenta-
Yo, haciéndome el modesto, le contesté:
-Bueno, Sabino, tampoco es para tanto. La juventud lo aguanta todo y su hijo es joven-
-No obstante,- me replicó- yo sería muy gustoso de que me aceptara un pequeño obsequio. Ya sabe que los años no me permiten salir a la mar, pero con la caña, y desde la orilla, todavía me apaño y de vez en cuando hago de las mías-
Y decía esto al tiempo que, de un cubo que llevaba en la mano, extraía un mero, tamaño XXL, que aún coleteaba, pese a la herida del anzuelo y la descomunal lucha que debió ser sacarle del mar.
-Es para Vd-.
Yo, me hacía el remolón, aunque en el fondo, se me estaban revolucionando los jugos gástricos, imaginándome aquel bicho, dorándose en el horno sobre un lecho de patatas panadera.
Mis hijos, que debían haber presenciado la escena desde lejos, aparecieron súbitos y, entonces, ya no hubo lugar a más discusiones:
-Se lo regalo a ellos y punto-.
Ya se había ido Sabino y mis hijos, alucinados porque el pez seguía vivo, decidieron prolongar su agonía y lo metieron en la piscina de plástico hinchable en la que jugaban los más pequeños. Con los cubos, la medio-llenaron de agua de mar y depositaron allí aquel “marrajo”.
El problema surgió a la hora del regreso. El pez parecía cada vez más vivo y, ¡a ver quién era el chulo que, delante de aquellas miradas inocentes e ilusionadas, se decidía a acabar con él.
Tuve que pasar por el aro y consentir que, con piscina y
todo, se alojara el dichoso mero en la parte posterior de la Vanette que, dado la numerosa prole, me veía forzado a usar en estos casos.
La sorpresa fue mayor cuando, al llegar a casa, lo cosa seguía igual. No tuve más remedio que aguantar e improvisar, en un rincón del garaje de la Vanette, un sitio donde dejar la piscina con el pez dentro, que seguía nadando en el corto espacio que la piscina le dejaba y parecía feliz. Allí quedó y nos fuimos a casa.
Al día siguiente, pese a que era domingo y no había colegio, mis hijos, de por sí rácanos a la hora de levantase, se dieron un madrugón de los que marcan hito.
Bajaron las escaleras de cuatro en cuatro y…allí seguía, vivito y coleando. Yo creo que hasta el pez, dio un salto de alegría al verlos.
Y aquí empieza otro problema: Siempre me negué a que entraran animales mascota en mi casa, pese al empeño, ruegos, llantos y lamentaciones de todos. Yo siempre me mantenía firme y me zafaba diciendo que no admitiría en mi casa más que a un pulpo como animal de compañía.
Estaba claro que aquello no era un pulpo, pero era del mar y, según ellos, se le aproximaba bastante.
Con la esperanza de que aquello fuera cosa de un rato, lo que tardara el pez en morir, no opuse demasiada resistencia.
Pero: ¡qué equivocado estaba yo! Pasó un día y oto día y aquel pez no se moría. Es más, aprendió a saltar fuera de la piscina y daba saltos por el suelo como un loco cada vez que los niños se le acercaban. Cada vez pasaba más tiempo fuera del líquido elemento y, aquello, en lugar de debilitarle, parecía fortificarle.
A mí, que soy más escéptico para estas cosas que el primo de Rajoy, me empezó a entrar la duda si algún sensor genético incorporado no les estaría avisando a estos
animalitos del inexorable cambio climático y estaban ya preparados para la terrible catástrofe que se avecina: el momento en que, mares, lagos y ríos y demás acúmulos
acuíferos desaparecieran de la faz de la tierra y una pertinaz sequía nos condujera a una inapelable catástrofe. Y, ellos, previsores, llevaran tiempo preparándose para sobrevivir a la tragedia.
Como la cosa continuaba, no hubo más remedio que admitir mero como animal de compañía. La verdad es que apenas molestaba. Se conformaba con cualquier cosa. Primero, pensando en que venía del mar, le alimentábamos con ostras, percebes, almejas y pequeñas gollerías de este orden. Al final de mes, nos dimos cuenta de que el presupuesto no cuadraba y hubo que ir rebajando el pistón.
No hubo demasiados problemas. La verdad es que era un pez muy bueno y nos comía muy bien y de todo. Le daba igual conguitos que lacasitos, que donuts, e incluso algún tigretón.
Decidieron ponerle nombre y, dado su tamaño, mis hijos, que son unos coñones, le llamaron irónicamente chanquete, que era el pez más pequeño que conocían. Le compraron un collar con lacito, una correa y, dado que
necesitaba cada vez menos el agua, decidieron sacarlo a pasear por parques y jardines, entre el alborozo y la perplejidad del público en general.

Y así trascurría, sin sobresaltos, aquel largo y plácido verano azul, sin acontecimientos relevantes ni dignos de mención. El pez era muy bueno y se portaba muy bien: no daba guerra, nos comía muy bien, nos dormía muy bien y ni un solo día mojó la sabanita, lo que hizo nacer en mi la duda de si los peces mean o sólo traspiran.
Por ello, cuando mis hijos hablaron de llevar a su mascota a que visitara su lugar de origen, me encontré sin
argumentos para objetar nada al respecto. Montamos todo el equipo pertinente en la Vanette y allá que nos fuimos, a la playa de Ondarroa. Establecimos el campamento, yo me puse a leer, a la sombra, por supuesto, y los niños, con el collar de lacito y la correa puesta, se llevaron al mero para que jugueteara a sus anchas.
Enfrascado como estaba en la lectura, no presté demasiada atención a aquellos gritos desgarradores de ignota procedencia: ¡¡¡¡Chanqueeeeteee haaa muertoooo!!!¡¡¡¡¡Chanqueeeetee haaa mueertooo!!!
Pensé que el pesado de Mercero, emperrado como está en que todos los veranos tienen que ser azules, volvía, un año más, a darnos el coñazo e intentar hacernos llorar con el espectáculo de un Piraña, un Tito, un Pancho, una Julia, un Javi, una Desy…..desolados.
Pero no; volví la vista hacia la playa y me encontré a mis hijos desencajados y con el pez inmóvil en sus brazos.
Era cierto. Había muerto Chanquete, el mero, ahogado en una playa del Cantábrico.
Desde entonces, ni he vuelto a la playa, ni he vuelto a probar mero al horno sobre lecho de patatas panadera.


 
 
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