La eternidad no es una obsesión; la eternidad existe. Aunque parezca un concepto tan abstracto, tratad de encerrarlo el algún hecho concreto y lo comprenderéis. Por ejemplo:
Suena el teléfono. Es la suegra que quiere hablar un "momento" con su hija; tu mujer.
Era ya el momento de salir, pero, a última hora, ella no encontraba la funda de las gafas. No quería ir sin ellas. No sabe muy bien para qué, ya que, en la calle nunca se las pone. Dice que la hacen más vieja. No entra en sus entendederas que ya es vieja, con gafas o sin gafas.
Él, encontró pronto el paquete de tabaco, pero le costó adivinar dónde había dejado olvidado el encendedor. Sin eso si que no podía salir a la calle.
Tuvo que volver al baño y allí encontró el encendedor y la dentadura postiza.
Volvió a la cocina a terminar el bollo y el café con leche que le restaban del desayuno.
Para colmo, su próstata le jugó una mala pasada y le envió de nuevo y de urgencia al baño por enésima vez en esa mañana. Al ir a cerrase la bragueta, la cremallera se quedó atascada porque pilló al faldón de la camisa. ¡No había manera!; ni para arriba ni para abajo. Fue necesaria la intervención de la sirvienta, que, solícita, actuó enérgicamente. No pudo solucionarlo con las manos y no dudó en bajar hasta allí los dientes. Ello dio lugar a una situación entre cómica y embarazosa. (Por suerte, la mujer seguía entretenida en la búsqueda de la funda de las gafas y no se percató)
Cuando por fin salieron y llegaron al último descansillo del portal, vieron el buzón rebosante de contenido. Hubo que volver a buscar la llave y, total, para nada. Todo eran prospectos con ofertas del Carrefur de la esquina: Media docena de huevos de regalo si comprabas dos botellas da aceite de oliva virgen extra (de coeficiente 0,4), +5 puntos.
Por fin, consiguieron salir a la calle, pero no acabaron aquí las penalidades.
El coche estaba bien aparcado, pero alguien había estacionado al lado, en doble fila, para tomarse un cafelito en el bar de enfrente. Él hizo sonar con impaciencia el claxon, pero el interfecto del bar no aparecía. El que sí apareció fue el agente de la policía municipal que, en vez de multar al infractor, le multó a él por escándalo público y contaminación acústica.
Cuando ya parecía que todo iba a terminar bien, ocurrió lo previsible: Al llegar al punto convenido previamente para la cita, resultó que el dinosaurio ya no estaba allí. Y es que, por mucho que le pese a Augusto Monterroso, hasta los dinosaurios llegan a un punto en que se les agota la paciencia.













13.05.08 @ 14:36