(A mi amigo, el novelista Amado Gómez Ugarte, con todo el cariño y con toda la mala leche del mundo).

En contra de lo que de una manera rijosa, impúdica y un tanto sibilina, nos estaban haciendo creer, no es el de prostituta el empleo más antiguo del género humano. Poco a poco, ellos, que se lo tenían tan callado, lo van reconociendo, y se va aclarando que el oficio más antiguo del mundo es el de mentiroso; o sea, el de novelista.
Primero fue el novelista de Llodio, Amado Gómez Ugarte, quien en su artículo “Mentirosos”, me dio una pista. Luego, Julio Llamazares, en una conferencia en Bilbao, me lo confirmó.
Por mucho que ellos digan que lo que tratan de hacer es llegar a la verdad a través de la mentira, es mentira. Los novelistas nacen mentirosos compulsivos. Cuando son niños, se les perdonan las mentiras y hasta se les ríen las gracias y se les ensalza: ¡mira que ocurrente y que imaginación tiene este niño!
Pero van creciendo y, cuando se dan cuenta que lo de mentir, así, descaradamente, no cuela y está feo, en vez de decir mentiras, las escriben, las llaman novelas y, encima, les pagan por ello.
Si el principio de todas las cosas está en La Biblia, basta recurrir a ella para darse cuenta de que es así.
Y no cuadra que Eva, que es la mujer más antigua del mundo, fuera prostituta. Por razones obvias: Primero por una escasez absoluta de clientes. Adán, que era la única posibilidad, era un tontorrón que se dejaba engañar a cambio de una mísera manzana.
Caín, en cambio, es el primer mentiroso compulsivo, el primer novelista. Y empezó muy bien. La primera frase, para disimular y no desir la verdad sobre la muerte de Abel, fue gloriosa y de las que hacen época: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. ¡Qué comienzo para una novela! Con decir que hasta John Steinbeck se la plagió para escribir “Al Este del Edén”…
Además, empezó por la novela negra. ¿Hay novela más negra que la de matar a un hermano, además con la quijada de un burro? Con el delito ecológico añadido, probablemente, de matar previamente al burro para extraerle la quijada. Un burro que, se sospecha, ya en aquella época era un animal en vías de extinción. Por si fuera poco, como la acción se desarrolla en tiempos de Maricastaña, podemos considerarla a la vez una novela histórica. ¡Anda, que no tenía vista comercial, el tío!
Caín era un novelista. Abel, en cambio, que era un poco memo, reúne todas las condiciones como para pensar que, de ser algo, era poeta, ya que ni decía mentiras ni cobraba.
Incluso, estoy empezando a pensar si la Biblia no la escribiría Caín. Está tan llena de episodios sangrientos, espeluznantes, que es como para pensar cualquier cosa. Lo de sacarle una costilla a Adán, así, en frío y sin anestesia ¡tiene tela! Y, encima, para hacer a Eva: ¡Con la cantidad de barro que le debió sobrar al dejar vacío del cerebro de Adán!

Anda rodando por la red una versión, que unas veces dicen que es apócrifa y otras veces dicen que es mía, que trata de imaginar como fueron, de verdad, las cosas:

La Biblia contada a los ateos.

Todas las vías romanas tenían fama de gozar de un buen estado de conservación. Todas excepto el camino de Damasco que debía estar demasiado lleno de baches. Tal vez, esa fue la causa por la que San Pablo se cayó del caballo.
Como las historias son siempre confusas y poco creíbles, hay dudas y contradicciones acerca de si aquello le produjo una conmoción cerebral, o simplemente una alucinación. Pero es el caso que a los pocos días escribió esta epístola a los efesios, contando lo que según él, pasó en el Paraíso:

“Adán se aburría tanto en el Paraíso que pensó: No es bueno que el hombre esté solo”.
Y creo a Dios.
La verdad es que no le sirvió de mucho, porque pronto se dio cuenta de que continuaba idénticamente solo.
Dios, entretenido en sus cosas y absorto en la contemplación de sí mismo, tampoco le hacía demasiado caso.
Entonces Adán, que se vio tan dejado de la mano de Dios, cayó en melancolía y en una profunda depresión de la que, a falta de Prozac, dio en la manía de robar fruta en Paraísos ajenos, por ver si esto le aliviaba.
Y así empezó lo de la manzana:

Aquella manzana tenía un aspecto inocente. Era redonda y compacta, como destinada a una ofrenda. Era de un color rojo que recordaba al corazón. En la tersa superficie presentaba un orificio minúsculo, a través del cual, reptando como un gusano, apareció un ser ambivalente y contradictorio; adorable a veces y desconcertante casi siempre. Tan pronto mostraba una apariencia de ser arcangélico y virginal, como, sin aviso previo, se convertía en una serpiente enroscada y sibilinamente viperina. Me parece innecesario explicar que aquel ser angélico-diabólico, adorablemente maléfico, era Eva.
Las cosas no volvieron nunca a ser lo mismo
Desde entonces, el Universo se convirtió en un caos, pero ¡qué duda cabe! todo fue mucho más entretenido”.

No se sabe muy bien si, en lo de la caída del caballo, tuvo que ver algo que ver Caín o es que, Saulo de Tarso, era también un mentiroso compulsivo, un novelista.