"Puedo escribir los versos más tristes esta tarde..."
mas si estos son los últimos párrafos que escribo,
que no os quede un amargo poso en el semblante:
ahí os queda una narración (o así) desconcertante.

Octavio.

Yo pienso que tampoco era para tanto, ni para haberse puesto de aquella manera. Ya sabemos todos que tiene un mal vino y que demasiadas veces se le calienta la boca y dice la primera barbaridad que se le ocurre. Pero, como le dijo mi madre: ¡En buen sitio se lo puso Dios y, de no haber querido, le hubiese bastado con apretar las piernas!

Y parece ser, por lo que contó el otro en la taberna, que no sólo no las apretó, sino que las abrió y muy generosamente.
Sí, de acuerdo que era el Camino de Santiago y que, en El Burgo Ranero, partido judicial de Sahagún de Campos, provincia de León, esas cosas todavía no estaban bien vistas. Lo que ocurre es que ya no estamos en la Edad Media y el Camino de Santiago ya no es lo que era.
Y lo que más cabrea es que todo aquello lo había dicho, no porque su hija quedara preñada, que eso, dadas las circunstancias, entraba dentro de lo normal y que, en estos tiempos, esas cosas carecen de importancia y siempre tiene arreglo, ya sea de una manera ya sea de otra.

A cualquiera se le alcanza que las circunstancias fueron determinantes y no daban para elegir demasiado. Las cosas, no vale darle más vueltas, son como son y no dieron para más:

Eran jóvenes, la noche era tranquila y templada y el croar de las ranas, probablemente en celo, les llamó la atención y les atrajo hasta la orilla de la laguna. El cielo estaba hinchado de estrellas y ya se sabe lo romántico y excitante que resulta eso. Apenas si el viento movía los trigales (no pongo lo del “mar de espigas” porque está muy visto), ni movía las juncias que crecían viciosas en el borde de la laguna, bien alimentadas del fango. Entre los trigales y las juncias se formaba un escondite recóndito y muy apto para la intimidad. La hierba seca soltaba un olor lujurioso. Sólo los mosquitos incordiaban como desesperados y, ¡mira por cuanto!, uno le fue a picar a ella en pleno muslo. La verdad es que el territorio que escogió el mosquito, que debía ser un tanto rijoso, era muy apetecible. Él, jura por Dios que sólo trató de frotarle para atenuarle el picor, pero parece ser que el picor era más profundo. Y se empieza como se empieza y nunca se sabe por dónde se va a acabar. Se le fue la mano y aquello acabó como el rosario de la aurora. El picor, en lugar de atenuarse, se incrementó hasta límites insospechados, insospechables e irresistibles. En cierto modo todo fue imprevisible y, claro, ni preparativos, ni preservativos ni leches. ¡Estaban los dos como para acordarse de menudencias!

Bueno, pues en el momento más álgido, aquellos peregrinos desvelados, en lugar de rezar el rosario, que era lo que tenían que haber hecho dado lo meapilas que demostraron ser a posteriori, no se les ocurrió otra cosa que acercarse a la laguna. Y a los imbéciles de ellos, les faltó tiempo para ir corriendo a casa del párroco, D. Eugendo, y no para confesarse de los malos pensamientos, sino para comportarse como unos acusicas de mierda que es lo que eran.
Don Eugendo, montó en cólera, no se sabe bien si por la gravedad del pecado o por verse interrumpido en la urgente labor que se traía entre manos, con la impagable colaboración del ama.
Fuera por una cosa o por otra, el caso es que, al día siguiente, domingo, lanzó una filípica de las de no te menees, desde el púlpito, citando nombres y apellidos, para oprobio y bochorno, tanto de los artífices del pecado como para sus familiares, próximos o lejanos.

Para colmo de desdichas, la hospitalera del albergue de peregrinos, fue propalando por todo el pueblo que, aquella madrugada, en las literas de los tres peregrinos acusicas, quedaron manchas delatoras que demostraban que, las tres cándidas almas de Dios, se habían dejado llevar por impúdicas tentaciones; habían sido víctimas de réprobos instintos y habían caído en el nefando pecado de derramar la semilla en las sábanas del albergue.
En realidad, lo que más molestaba a la hospitalera era que la gente fuese tan desastrosa y tan descuidada como para ir dejando las cosas tiradas de cualquier manera y en cualquier sito; cosas a las que ella les hubiese sacado mejor utilidad y mayor provecho.

Así que luego, por la tarde, en la cantina, se armó la que se armó. El padre de ella, se puso como una fiera y casi la emprende a navajazos. Y ya digo yo, que no era porque pudiese quedar preñada, que eso ya se sabe que entra dentro de lo normal. Más que nada era por el escándalo del qué dirán. Porque mirándolo fríamente, al fin y al cabo, todo lo que ocurrió no fue más que el cúmulo de una serie de imponderables encadenados. Veamos:

1º) Tres peregrinos, con insomnio, no rezaron el rosario del modo y manera que hubiese sido justo y necesario.
2º) Croaron las ranas a destiempo.
3º) Un mosquito se sintió Drácula y se precipitó sobre un muslo terso y brillante.
4ª) Cuando el picor aprieta, ni el Camino de Santiago se respeta.
5º) El cura, y eso todo el mundo lo sabía, era un metomentodo y un tanto envidioso.
6º) La hospitalera era una cotilla, un tanto salida y totalmente envidiosa.

Y, lo más definitivo, porque en El Burgo Ranero, partido judicial de Sahagún de Campos, provincia de León, esas cosas aún se habían visto pocas veces. (Hacer, se hacían, pero no se veían).