I

Eran ya demasiados desengaños, pero algo dentro de mí, tal vez la soledad, me arrastraba a afrontar un nuevo riesgo; una nueva cita, casi a ciegas, con alguien casi desconocido. ¿Qué podría ocurrir, que nuevamente sintiera pesar sobre mí la sombra del fracaso?
Iría al bar, me sentaría en la mesa del rincón más escondido, pediría la consumición acostumbrada, me fumaría media cajetilla de cigarrillos, sostendría desafiante las miradas compasivas de los camareros. Y si no llegase, abandonaría el local, triste, sí, pero con dignidad, aunque sea fingida, y volvería sola a casa una vez más, ya fuese a pie, ya en taxi.
Eso pensaba la víspera; lo que sigue, aunque te enterases tarde, ya sabes cómo pasó:

II

Las luces rojas de las lámparas angustiaban al aire con sus brillos opacos. El humo de los cigarrillos, que se apagaban lentamente en los ceniceros llenos, densificaba la atmósfera hasta hacerla espesa. Despacio, los clientes cruzaban el bar, empujaban la puerta giratoria, se estremecían con el frío de la niebla y se iban.
Yo, sentada, ya al borde de la indolencia, permanecía en aquel sitio del último rincón del reservado. Una mesa en el centro y una silla vacía frente a mí.
Los camareros se afanaban en recoger los restos de los últimos servicios. La señora de la limpieza empezaba a desparramar el primer aserrín húmedo por el suelo.
Al fin, con un rictus entre amargo e indiferente, abandoné el local. Eran las dos de la mañana y seguía sola. La casa fría me esperaba y sentí prisa. Decidí tomar un taxi pero en la parada no contestaron a mi llamada. Traté de erguirme y emprendí la marcha de regreso a pie, a través de calles solitarias, con un tráfico anémico a aquellas horas de la noche.

III

Hoy, que han pasado los años y tengo la cabeza recién teñida; ahora que es necesario hacerlo con frecuencia ya que las canas pugnan tercamente por volver blanco el cabello; ahora, repito, a pesar del tiempo que ha pasado, todo me vuelve a la memoria como en un viaje en el tiempo hacia el pasado. Te miro, retomo los recuerdos y no puedo por menos que sentirme melancólica.
Aquella noche en que me cerraron el bar y con él parecía que se me cerraba la última esperanza, retorna de forma irremediable a mi memoria. Vuelvo a la calle oscurecida por la niebla, compruebo que el bar se ha convertido en un Mac-Donalds, y sigo inevitablemente, como si un imán me atrajera, hasta la puerta de la clínica adonde te envió aquel absurdo accidente de moto y que tanto pudo influir en nuestras vidas. Pienso en cómo nuestras vidas y nuestro futuro pendió de un hilo más débil que la niebla. Un accidente tonto pudo romper antes de tiempo algo que aún no había nacido.

IV
Y pienso en ello hoy, después de tantos años en que, aclarado el entuerto, devoramos con ansia el regalo que nos hizo la vida.
Ahora, en un minuto, he rebobinado la vida entera. En este minuto que ha pasado desde que he llegado otra vez a la misma clínica que una vez arrebató la ilusión, y que hoy me vuelve a jugar una mala pasada.
Me han dado los resultados. La biopsia ha sido positiva y ello me anuncia una nueva cita a ciegas. Esta vez, una cita a ciegas con la muerte.