“A l´aurore, armés d´une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes”. Arthur Rimbaud.

Se va llegando el frío entre sigilos de una noche que acecha, cegada por la niebla y por el ronco graznar de las gaviotas.

Sus pasos de palmípedas dejaron escritas en la arena misteriosos signos que descifran sentencias de la cábala.

Las lenguas lascivas de las olas lamieron avaras su secreto y ya no queda nada. No es hora ya de profecías ni profetas.

Sólo un vagar de vientos y de espumas con lejanos perfumes de plantas aromáticas de incógnitos confines.

Sólo se oye entrecortado un sordo latir de corazón ausente perdido entre las brumas y el silencio que envuelve a los barcos y a los muelles.

Sólo los guiños vagabundos del ojo fluorescente de un faro perdido entre las duras corazas de las rocas heridas de reflejos.

Un hombre cabizbajo pasea cansino y se entretiene en recoger astillas de un naufragio entre los nácares retorcidos de la caracola de un recuerdo.

No sirven las mareas para poner en marcha el reloj de las lunas, ni los ritmos circadianos del devenir del tiempo y la congoja.

Es llegada la hora de suprimir mentiras y sentencias engañosas. Pasó el amanecer y fue imposible entrar en las espléndidas ciudades.

Inútil fue permanecer armados de una paciencia ardiente.

Ha llegado la hora de la desesperanza, de la engañosa calma de la noche, del destierro interior hacia el silencio.