Hoy me alivian las lágrimas
porque a veces, las lágrimas, son
como gotas de rocío
que la noche derrama conmovida
sobre los hombres solitarios
que pululan ateridos.
Lágrimas y rocío que van regando
las huellas desoladas, que dejamos
olvidadas, entre cardos y entre espinos.
Huellas que aparecen y se borran
mientras vamos caminando
en los predios anchurosos
del desierto de la nada.
Lágrimas solidarias
con los restos de las ánimas de aquellos
que dejaron el camino socorrido
y siguieron tras el rastro de una sombra dilatada;
esa sombra fantasmal que se mezcla y se diluye
con las sombras de otros hombres
que, en continua letanía,
nos preceden, nos nombran y acompañan.
Sombras que no nos abandonan y que hibernan
en el cálido refugio que formamos todos juntos.
Y van siempre acompañando
a la marcha vacilante del vencido.
Son palabras que pretenden rescatarnos,
asombrados al oír cómo nos llaman
con las sílabas que forman nuestro nombre.
Lágrimas de rocío, caídas
sobre el polvo infructuoso de los años transcurridos,
en que, solos, caminamos indecisos
sin saber si dar el paso
o quedarnos detenidos a las puertas.
temerosos al ocaso
proyectado en arco-iris indecisos.
Todo lo que queda.
Son sólo ya posos
y cenizas;
sedimentos
del aluvión de sueños
inconcretos;
son sólo ya sombras
de un proyecto.
Apenas se sostienen
las piedras de los muros
en un equilibrio
feble e imperfecto.
Un aquilón llamado tiempo
ha desgarrado
las ventanas, las flores,
las macetas,
y están inquietas las tejas
sonoras de tejado, como teclas
pulsadas por la lluvia.
Me he dejado
llevar por las olas
del tiempo y las auroras.
Y en el huerto
¡jardín de las delicias!
sólo algún lirio abandonado,
con los pétalos muertos
y las hojas secas.
¡Temblor de la nieve en el estío;
angustia del olmo en el otoño!
Premura del tiempo
contra el tiempo.
Abrazos encendidos
del viento y el silencio.
Montado en los veloces
corceles de los sueños
y la tarde
huyo, entre las rendijas
de acero de la prisa,
hasta encontrar un halo
de silencio,
de muda e irrealizable paz definitiva.
A sólo cinco pasos
de los límites,
en una confusión
de dónde y hasta cuándo,
se tensa el arco de la espera,
de un incierto mañana
sin riberas.
Y no sirven de nada.
No quiero ser un hombre
enterrado en su noche.
Pero a veces los ángeles
que rondan las alcobas
pliegan sus alas blancas
y todo se oscurece.
Y no sirven de nada.
las luces ni la noche
A veces veo brillos
de auroras boreales
que se acercan de prisa
y marcan un camino,
mas luego se oscurecen
y el camino se borra.
Y no sirven de nada.
los pasos ni el camino
A veces los eclipses pasan
y de nuevo renacen los contornos,
y hay reflejos de agua
inundado al rocío,
pero el rocío muere
entre las rosas pálidas.
Y no sirven de nada.
las rosas ni el rocío
Algunas veces lloro y parece
que las lágrimas sangran,
y con esa sangría
me depuran el alma,
pero son sólo lágrimas,
como lágrimas negras.
Y no sirven de nada.
las lágrimas ni el llanto.
Resulta paradójico
como, a pesar de todo
y sin servir de nada,
en el perfil del tiempo
y en el hondón del alma,
como fósil atípico,
perdura una esperanza.
Octavio Fernández Zotes.
(Registrado)

Hola
Octavio, ya no recordaba lo conmovedor que es leerte!
Ha sido una sorpresa volver a ver que sigues ahí, había mirado muchas veces y no te veía nunca, pensé que al igual que el amigo Amado, nos habías olvidado.
Escuso decirte lo hermosos que me han parecido los poemas, pues ya sabes que me encanta cómo dices lo que siente tu corazón.
Un besiño
No te volveré a perder.
Diana