A veces el mundo parece tan pequeño

que me siento con ganas

de salir de paseo una mañana

y mirarlo en perspectiva, desde lejos.

Mirarlo en sus múltiples facetas,

como un espejo roto que refleja

todas las miradas de los otros.

Y luego, todos juntos,

sentarnos a la mesa, en un café-concierto

(digamos en Madrid, en Lima, en Acapulco)

y rehacer el puzzle, pieza a pieza.

Sentir qué pocas cosas nos separan

y cómo se acortan las distancias.

Saber que, aún diferentes,

notamos, en el fondo,

los mismos sueños, las mismas ansias;

que a todos nos abruman las nostalgias.

Que parando la mirada en un punto concreto;

ese punto común en la distancia:

¡Qué leve es el lugar que le queda a los recelos!

¡Qué dilatado el lugar de la esperanza!