No lo vuelvas a hacer.
No entendía muy bien los motivos ni las razones por las que, de vez en cuando, su madre le decía:
--¡Nenita! No lo vuelvas a hacer —
Sólo sabía que, en esos momentos, el espejo brillante que era el rostro de su madre, se hacía opaco y no se reflejaba en él el halo de la sonrisa de la cara de Nenita.
Ambos rostros se trocaban en un adusto gesto alargado y fruncían el ceño.
En esas ocasiones bastaba con que ella, zalamera, respondiera:
--Perdóname, mamita, no lo volveré a hacer más—
Esas mágicas palabras eran suficientes para devolver el brillo al espejo y el halo a las sonrisas mutuas.
Un día, la casa se llenó de gente que lloraba amargamente. Era un desfile constante de gentes compungidas y silentes. El padre las recibía desgarrado entre sollozos de desolación.
Las visitas lloraban así mismo, con caras de gestos contritos, sorprendidos…resignados.
Sus conversaciones en voz baja y sus murmullos, como una áspera música de fondo, no cesaron en el transcurso de aquel largo día.
Nenita no entendía muy bien lo que estaba pasando. Tenía de la muerte una idea nada clara y envuelta en nebulosas. Sólo sabía que, en aquellos momentos, se sentía sola y abrumada por el peso extraño de cuanto la rodeaba. Era una sensación nueva, de desasosiego, que no podía interpretar.
Al llegar la noche, agotada, la acostaron entre vagas explicaciones de la gente mayor que ella no terminaba de comprender.
Un sinfín de sueños y pesadillas la asaltaron en la noche, apenas se durmió.
En una de ellas, se le apareció el brillo cristalino de la sonrisa de su madre, que, como jugando, le decía:
--¡Perdóname, Nenita; no lo volveré a hacer más!--.

Hay veces que la vida trastoca las lecciones y se le escapa alguna antes de tiempo.
Es bellísimo Octavio.
Un abrazo.