No es que fuera demasiado original, pero, siguiendo la ancestral costumbre de otros lares y otras tribus, mi padre, plantó un árbol el día que yo nací. Era un almendro más en la larga fila, alrededor de la viña.
El almendro y yo íbamos creciendo al mismo tiempo y poco a poco. Tan poco a poco que ambos nos quedamos chaparros.
Yo lo visitaba asiduamente, me ponía a su lado cuando aún no daba sombra y me estremecía si, en sus ramas, anidaban y cantaban los jilgueros.
Me parecía que ellos eran los poetas, de los que la gente hablaba. Yo también quería cantar, pero siempre he tenido el oído torpe, y no sabía. Pero entendía su música.
Mi padre consideraba como cosas inútiles: los cánticos, los jilgueros y los poetas.

A mí me dolía cuando, tratando de que el árbol creciera recto, lo ataba a un varal que le servía de guía e impedía que creciese torcido. Yo, que apenas razonaba, pensaba que el árbol debía seguir su curso y tender al cielo sus ramas; abrazar con ellas a la brisa, pero de la manera que creyera conveniente.
Un año, por fin salieron flores, y, mi padre, se llenó de esperanza pensando solamente en la promesa de sus frutos. Yo, que ya iba para cursi, me quedaba en el aroma dulzón de de las flores de los almendros. Él, mi padre, era trigo y yo soñaba con ser esmeralda.
Llegada la vendimia, aquella fiesta de pámpano y racimo, mi padre, apresurado, probó los frutos y le supieron amargas las almendras. Renegó del almendro y de su estirpe.
Pero aquel día supo que tenía perdida la batalla y, muy a su pesar, hubo de admitir que era el padre del “poeta de los frutos amargos y de los sueños inmaduros”.