Cada vez que la lluvia se hace lágrima
y empapada de la herida de la tierra
se abre con sangre y con sudores,
para labrar en el alfar de la memoria
la historia del tránsito del tiempo;

cada vez que la vida se hace pálpito
y va generando genuinas vibraciones,
siento estremecerse los tendones
del viejo andamiaje de mis huesos.

Y voy recogiendo lentamente los escombros
que han quedado del día de la víspera.
Miro asombrado y deslumbrado
el final de este ya largo proceso
y este es el terrible memorando:
¡No me quedan ni lágrimas ni besos!